Página principal Página anterior

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fritz haber - Biografía

La Primera Guerra Mundial

 

En 1913 Haber vende el proceso de fabricación de amoniaco a la compañía BASF, consigue un título nobiliario y se hace rico ya que recibe un céntimo por kilogramo de amoniaco[1]. Su procedimiento proporcionará el 45 por ciento del ácido nítrico necesario para la fabricación de los explosivos empleados en la guerra que se avecina[2]. Como veremos, no fue la única contribución importante a su país durante la guerra.

En el primer momento, cuando empezó la guerra quiso enrolarse en el ejército en el que había servido en su juventud, pero fue declarado inútil a causa de su edad[3]. Con 46 años, sus contribuciones al esfuerzo bélico de Alemania tuvieron más que ver con cualidades científicas. Pronto los militares alemanes recurrieron a científicos como Carl Duisberg y Nernst y el propio Haber y les pidieron que desarrollaran métodos químicos para utilizar contra las líneas enemigas en el campo de batalla. En octubre y noviembre de 1914, mientras Haber llevaba a cabo distintos intentos sin éxito, Duisberg y Nernst prepararon, utilizando las instalaciones de la Bayer[4], varios tipos de granadas y bombas incendiarias, y comenzaron a estudiar gases no letales, que, por lo visto, consideraban utilizables sin violar los acuerdos de las Convenciones Internacionales de La Haya de 1899 y 1907. (...) En el otoño e invierno de 1914 utilizaron semejante arma, pero con escaso éxito militar[5].

 

 

 

 

 

 

 

14. F. Haber con uniforme militar

 

15. Fritz Haber visitando el frente oriental durante la Primera Guerra Mundial

 

Haber puso su instituto en pie de guerra (...) al reclutar a ciento cincuenta «colaboradores científicos» y una cantidad más elevada de personal de distinta índole. El instituto organizó el uso a gran escala del proceso Bosch-Haber de fijación de nitrógeno para conseguir que la producción de ácido nítrico para explosivos y fertilizantes se adecuara a una demanda cada vez mayor[6]. Pero también se puso manos a la obra en el desarrollo de armas químicas. Sobre este asunto J. M. Sánchez Ron escribe:

 

Haber (...) encontraba una solución en principio simple e ingeniosa: un gas venenoso de cloro, que se lanzaría desde las propias líneas alemanas utilizando contenedores apropiados y aprovechando vientos adecuados[7]. Haber explotó la posibilidad de licuar el cloro a la temperatura ambiente, utilizando presiones moderadas. Comprimido en contenedores cilíndricos, podía ser luego expulsado igual que la gaseosa de un sifón.

No todo el mundo estuvo de acuerdo con que la solución de Haber era conveniente. Además de objeciones morales, estaba el sentido de los vientos predominantes en el frente Oeste, que era el contrario al que se necesitaba. Tras preguntar cuánto tiempo podrían tardar franceses y británicos en desarrollar armas similares, y respondérseles que cerca de seis meses, el Ejército consideró que la posible ventaja inicial que tendría justificaba los riesgos.

Los vientos retrasaron, efectivamente, durante semanas el comienzo de los ataques, lo que llevó al general Falkenhayn a trasladar parte de sus tropas al frente del Este el 17 de abril de 1915. Muy poco después, el día 22, comenzaba la guerra química. Aquel día una nube de cloro de unos 6 kilómetros de longitud y entre 600 y 900 metros de profundidad, se dirigió desde cilindros de acero hacia las posiciones francesas en el saliente de Ypres[8]. El éxito inicial fue muy superior al previsto, pero al no haber utilizado una gran cantidad de gas y al no disponer de fuerzas suficientes, el Ejército alemán no pudo desencadenar una ofensiva a gran escala. Se perdió de esta manera una ocasión única; nunca más se contaría con una ventaja psicológica y táctica similar.

(...) Entre los alemanes, el éxito inicial no hizo, naturalmente, sino estimular la investigación en este campo. En 1916, y a iniciativa de Haber, se fundó una Kaiser-Wilhelm-Stitung für Kriegstechnische Wissenschafen (Fundación Kaiser Guillermo para las Ciencias Técnicas y Militares), que en 1917 pasó a depender del Ministerio de la Guerra. Esta organización no tenía instalaciones de investigación propias; su propósito era promover y coordinar trabajos relacionados con la guerra realizados en instituciones universitarias o en laboratorios de los Institutos Kaiser Guillermo. Emil Fischer, el gran químico orgánico y líder científico de la Kaiser-Wilhelm-Gesellschaft, se encargó de dirigir, junto a Haber, la nueva organización (...).

En cuanto a los trabajos de Haber en Dahlem, tenemos que en 1917 manejaba un presupuesto 50 veces superior al que había dispuesto antes de la guerra en su instituto, dirigiendo todo un batallón de trabajadores que se ocupaban del tema: 1.500 personas, de las que 150 eran científicos (...).

Se desarrollaron nuevos compuestos y gases. Se abandonó el método de dirigir los gases químicos contra el enemigo utilizando el viento como fuerza motriz, optándose por proyectiles lanzados desde piezas de artillería (...)[9].

 

Sobre estas contribuciones de Haber a la guerra química podemos ampliar algunos datos. Así, el gas sofocante utilizado en Ypres se denominaría después “iperita”[10]. El propio Haber participó en la aplicación de cloro en el frente de combate[11]. Al experimentar con varios tipos de gases, él mismo escapó por muy poco de una nube de gas altamente tóxica[12]. Después de la experiencia de Ypres y con Haber en el frente oriental, informó a Rudolf von Valenini sobre los resultados: «El pánico que provocó en el enemigo el primer ataque en Ypres sólo causó el mismo efecto en los rusos del Este tras reiterados ataques en el mismo lugar, y después regularmente»[12].

En diciembre de 1914 se produjo una explosión en el instituto de Haber. En una larga carta manuscrita de enero de 1915, dirigida a Arnold Sommerfeld, que vivía en Munich, Haber explicaba su nueva vida durante la guerra. Agradecía a Sommerfeld las palabras de consuelo por la muerte de Otto Sackur[13] (...), un joven médico muy brillante que falleció a consecuencia de una explosión en el instituto (...) mientras experimentaba en una nueva carcasa de proyectiles para el ejército: «Murió como un soldado en el campo de batalla, intentando mejorar los medios técnicos de la guerra con la ayuda de nuestra disciplina. Mi propio trabajo científico se encuentra detenido. Paso los días como asesor del departamento de guerra, cuando no estoy viajando para fotografiar campos de tiro y fábricas»[14].

Durante casi toda la guerra Haber tenía unas fuertes creencias en la victoria de Alemania. Sobre este asunto Fritz Stern escribe:

 

Por «temperamento», Haber se consideraba «pesimista», pero como seguía albergando esperanzas de una victoria alemana, era contrario a cualquier tipo de paz de compromiso. A principios de 1916, escribió a Valentini: «Espero que llegue la paz [en los próximos meses], aunque no querría una paz que permitiera a Francia y Bélgica seguir siendo enemigas con capacidad militar, porque, aparte de todas las consideraciones éticas y políticas, una paz que nos obligara a armarnos para hacer frente a un enemigo formidable en Occidente, como tuvimos que hacer con tanto esmero en el pasado, nos impondría unas cargas materiales que, al parecer, hoy aún no admitimos». A continuación, esboza los peligros de otra guerra, dominada, como creía que iba a estarlo, por los aviones. Pero ¿acaso una paz que no fuera cartaginense habría otorgado a Alemania preponderancia continental? A principios de 1917, Haber seguía creyendo que la guerra ilimitada mediante submarinos obligaría a Gran Bretaña a finalizar la contienda. Un año después, fue perdiendo la fe en una victoria decisiva alemana. (...) La petición efectuada por Ludendorff, en septiembre de 1918, de que un nuevo gobierno solicitara un armisticio sin demora supuso un golpe inimaginable, incluso para los alemanes muy cercanos al gobierno, incluido Haber.[15]


[1] Bensaude-Vincent, B. y Stengers, I. (1997), p. 151.

[2] Ibídem, p. 162.

[3] Perutz, Max F.  (Junio, 1997).

[4] Que por aquel entonces era una corporación de tintes.

[5] Sánchez Ron, J. M. (1992), pp. 225-226.

[6] Stern, F. (2003), p. 131.

[7] El cloro es un gas amarillo-verdoso, más pesado que el aire, cegador, que provoca una tos inmediata y violenta; ataca los ojos, la nariz, la boca, la garganta y los pulmones y acaba por generar asfixia. Haber propuso utilizar el viento para enviar gas hacia las líneas enemigas: el cloro se extendería por las trincheras y obligaría a los soldados a salir al aire libre, donde serían un blanco fácil. [Perutz, Max F. (Junio, 1997)]

[8] En la costa belga.

[9] Sánchez Ron, J. M. (1992), p. 226-228.

[10] Bensaude-Vincent, B. y Stengers, I. (1997), p. 162.

[11] Quílez, J., Lorente, S., Sendra, F., Chorro, F. y Enciso, E. (1998), p. 316.

[12] Stern, F. (2003), p. 132.

[13] Muerte que, como hemos visto más arriba, pudo precipitar el final trágico del matrimonio de Haber.

[14] Stern, F. (2003), pp. 132-133.

[15] Ibídem, pp. 134-135.

 

 

Página principal Página anterior

        

©Felipe Moreno Romero

fresenius1@gmail.com