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-El dios Plutón

-El barquero Caronte

-Características de Plutón

-El sistema solar en el Universo

-Las órbitas de los planetas

-Planetas terrestres y planetas gaseosos

-Posiciones relativas de las estrellas y movimiento de las mismas

-La estrella Polar

-El zodiaco

-¿Cómo encontrar un planeta?

-El brillo de los planetas

-Galileo y el telescopio

-Los satélites

-Los asteroides

-Plutón

-Nuevos satélites de Plutón

-2003UB-313

-Unión Astronómica Internacional. El nuevo sistema solar

-Bibliografía

 

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LA CAÍDA DEL DIOS DE LOS INFIERNOS

 
   

El nombre que la niña de 11 años Venetia Phair propuso en 1930 para el nuevo planeta recién descubierto por el astrónomo Clyde Tombaugh no pudo ser más adecuado dadas las grandísimas dificultades que planteó su localización por el emplazamiento y el tamaño del mismo. Plutón es la versión romana del dios griego Hades, inexorable e invisible dios de la muerte. Nadie ha visto su faz y sobre él caben todo tipo de especulaciones. Son sus dominios las insondables profundidades del Erebo, el lote que le cupo en el reparto, cuando Zeus (Júpiter) se hizo cargo del cielo y Poseidón (Neptuno) de las aguas. El can Cerbero -perro infernal de tres cabezas- vigila la entrada de su palacio: a todo el que llega le da acogida, y sólo impide la salida a quienes pretenden escapar de los infiernos.

El nombre de Plutón fue aceptado no solo porque quedaban pocos dioses importantes por incorporar a los nombres de los diferentes cuerpos celestes del sistema solar sino porque su significado mitológico daba a entender (es opinión mía) que pocos cuerpos se podrían encontrar ya con el suficiente tamaño como para ser considerados planetas ya que nos encontramos en los confines del sistema solar.  Más de medio siglo después, en 1978, fue descubierto otro cuerpo algo más pequeño que Plutón que parecía girar a su alrededor. El nombre para este satélite no podía ser otro que Caronte, el barquero encargado de conducir a los muertos a través del río hasta el reino de Hades (Plutón), tan celoso a la hora de cobrar el precio por la travesía que griegos y romanos tomaron la costumbre de enterrar a sus deudos con una moneda bajo la lengua o sobre los ojos para pagar el pasaje a la laguna Estige que constituye el límite entre la tierra y el inframundo.

El sistema solar estaba completo pues desde 1930, con nueve planetas girando alrededor del Sol tal como hemos aprendido en la escuela o nos han recordado de vez en cuando en algunos concursos de radio y televisión. Sin embargo, en el ámbito científico siempre ha existido con Plutón polémica sobre su condición de planeta ya que una simple revisión de las características de este cuerpo respecto a los demás planetas hace sospechar. Esta sospecha se daba ya incluso cuando se hacía un estudio crítico y sin necesidad de fuentes externas de los textos generales que utilizábamos en nuestra educación básica: sobre Plutón lo que se decía (y se dice) era exiguo: que es un planeta poco conocido debido a su lejanía y a su reducido tamaño, que tiene una órbita muy excéntrica y un satélite muy grande en comparación con el planeta. Pero el caso es que hemos aprendido que Plutón es un planeta porque en raras ocasiones se explicaba (y se explica) lo que en realidad significa “ser un planeta”, más allá de la definición del diccionario: “cuerpo sólido celeste que gira alrededor de una estrella y que se hace visible por la luz que refleja. En particular los que giran alrededor del Sol”.

Llegados a este punto nos desayunamos una mañana de agosto de 2006, con “calurosidad” y alevosía, que el dios de los infiernos, el hermano de Júpiter y de Neptuno, ha sido destronado rebajándose su condición a la de “planeta enano”. Todo esto por decisión votada y aceptada por 2500 expertos de 75 países reunidos en Praga bajo la denominación de Unión Astronómica Internacional. El regocijo entre los editores de libros de texto debió ser grande pues durante esos días se encontraban ante la disyuntiva de disminuir a 8 el número de planetas, con el consiguiente ahorro de papel, o el de aumentarlo a 12 y quién sabe si a un número superior en años venideros. En cuanto a aquellos concursantes de radio y televisión que en su día ganaron algo gracias al conocimiento del nombre y orden de los diferentes planetas del sistema solar, supongo que estarán rezando para que la medida no tenga carácter retroactivo.

Fuera de bromas, para entender en su justa medida esta decisión pensemos en cómo es el sistema solar, es decir, el sistema formado por el Sol, el conjunto de cuerpos que orbitan a su alrededor y el espacio comprendido entre ellos. El 99 % de la masa del sistema solar se encuentra en el propio Sol, una estrella mediana situada en uno de los brazos de un sistema en espiral llamado Vía Láctea, que contiene unos 100.000 millones de estrellas y que a su vez no es más que una galaxia en un Universo (¿será el único que existe?) formado por miles y miles de millones de galaxias.

El hecho de que casi la totalidad de la masa del sistema solar se encuentre en el Sol obliga al resto de cuerpos que forman dicho sistema a girar a su alrededor debido a la atracción gravitatoria mutua que hay entre cada cuerpo y el Sol. Los planetas giran alrededor del Sol todos en la misma dirección siguiendo órbitas elípticas con una excentricidad muy pequeña, es decir son casi circulares,.... excepto la de Plutón. Por otra parte, el plano que contiene la órbita de la Tierra en su giro alrededor del Sol se llama eclíptica (es también la línea aparente recorrida por el Sol a lo largo de un año respecto del fondo de estrellas). Pues bien, las órbitas de los planetas están contenidas en la eclíptica o muy próximas a ella,.... excepto la de Plutón. Si imagináramos por un momento que los planos que contienen las órbitas de los planetas se hicieran “sólidos” el sistema solar se asemejaría a un inmenso disco.

Los planetas se suelen dividir en interiores o terrestres y planetas o gigantes gaseosos. Esta clasificación muestra también detalles sobre la estructura del sistema solar ya que vemos que la parte más cercana al Sol está ocupada por planetas de tipo terrestre (rocosos): son Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Después de Marte hay un gran hueco antes de encontrarnos con Júpiter, el primer y más grande representante del grupo de los gigantes gaseosos, formado también por Saturno, Urano y Neptuno. Júpiter es formidable, su masa es más del doble que la suma de las masas del resto de planetas. Exceptuando a Urano y Neptuno, los planetas son visibles a simple vista, sin instrumento alguno. En este hecho está el origen de la palabra planeta.

Hoy día la contaminación lumínica que producen los pueblos y ciudades nos impide contemplar la inmensidad de un cielo estrellado sin Luna. Además, la alucinación que tenemos ante la pantalla de cualquier chirimbolo electrónico nos impide levantar la cabeza más de unos segundos. En la antigüedad no existían ni este hábito ni aquel problema y la contemplación del cielo permitió ya a las civilizaciones más antiguas (sumerios y babilonios) el descubrimiento de los cinco planetas que se pueden ver a simple vista. El hecho es que con un poco de atención y sistematización en la observación del cielo cualquiera puede ver y comprender el carácter único de esos cinco puntos luminosos del firmamento sobre el fondo de las 1500 estrellas que se pueden llegar a ver a simple vista.

El Sol, la Luna y todos los cuerpos celestes salen por el este y se ponen por el oeste. Al mirar las estrellas durante un tiempo parece como si toda la esfera celeste girara en torno a un punto. Las estrellas se mueven como un todo conservando siempre sus posiciones relativas en el cielo; esto ha permitido su identificación desde hace más de 2500 años cuando las primeras civilizaciones ya dejaron establecidas las figuras estelares o constelaciones que conocemos hoy. El pensar que el cinturón del cazador Orión, formado por tres estrellas (las tres Marías), visible en el cielo invernal de hoy es el mismo que el que contemplaron los hombres hace milenios es un ejemplo claro de la inmutabilidad que daba la humanidad a las estrellas, fijas para siempre en las mismas posiciones.

Aunque las posiciones relativas son inmutables[I] la observación de las estrellas durante una noche nos permite ver que se mueven conjuntamente en torno a un punto en el cielo, al menos es lo que parece porque en realidad quien se está moviendo es la Tierra. Ese punto alrededor del cual la esfera celeste parece girar es, en el hemisferio norte, uno muy cercano a una estrella brillante llamada estrella Polar[II]. Se puede hallar mirando hacia el norte y es la única estrella del cielo que no se mueve durante la noche. Las estrellas más cercanas en el cielo a la Polar giran a su alrededor durante toda la noche, mientras que las más alejadas en el cielo a la Polar salen del este y se ponen por el oeste pues su recorrido circular es mucho mayor y no “cabe” en todo el cielo.

Una vez fijado el escenario por el que danzan el Sol, la Luna y los planetas quizás nos parezca demasiado vasto para intentar localizarlos. Pero el asunto se simplifica. Las pacientes observaciones de los primeros astrónomos permitieron reconocer el curso de todos estos astros por el cieloIII viéndose que en su circuito anual recorrían invariablemente el mismo camino, atravesando iguales constelaciones. La franja del cielo, de este a oeste, que ocupan estas constelaciones  se conoce con el nombre de zodiaco. Ya desde el siglo XII a. C. los babilonios dividieron el zodiaco en doce partes iguales o signos y así quedaron convenientemente indicadas las etapas del movimiento de estos astros. Por tanto, los planetas se pueden reconocer en la zona del cielo por la que se ha movido el Sol durante el día. Son astros con brillo constante que contrasta con el incesante centelleo de las estrellas. Cualquier noche serena un observador verá, cuando el cielo está limpio, que un planeta ocupa una posición dada respecto a las estrellas inmediatas; veremos como se halla a la derecha de ésta y a la izquierda de aquella. Entonces se marcará el lugar de dicho planeta en un mapa, o bien se hará un bosquejo de las estrellas próximas para reconocer la posición del planeta. Al cabo de uno o dos meses, cuando se repitan las observaciones, se ha de comparar de nuevo la posición del planeta respecto a las estrellas que le determinaban, y entonces se nota que éstas últimas ocupan el mismo lugar mientras que el planeta ha cambiado de sitioIV. Por esto se le llama propiamente planeta, o estrella errante que es su significado en griego, puesto que se mueve de continuo de un punto a otro del cielo.

El movimiento de los planetas respecto al fondo de estrellas es más rápido para los más cercanos a la Tierra y más lento para los más alejados: lo que para Saturno son meses para que cambie respecto del fondo de estrellas, para Marte son semanas. Otra característica de los planetas que facilita su localización es su brillo. Los planetas son cuerpos sin brillo propio pues reflejan la luz del Sol, esto hace que su brillo en la noche sea constante, superior al de cualquier estrella. No obstante el brillo del planeta varía de forma cíclica con el paso de los meses pues depende de su variable distancia a la Tierra. Venus es el más fácil de localizar, es la “estrella de la tarde” o el “lucero del alba”, siempre cercano a la puesta o a la salida del Sol y con un brillo muy superior a cualquier objeto del cielo (excepto el propio Sol, la Luna o, quizás, la Estación Espacial InternacionalV). Mercurio está aún más cerca del Sol y es difícil de ver, aunque en cualquier caso debe ser también en la proximidad del alba o inmediatamente después del ocaso. Júpiter tiene un claro brillo azulado inconfundible en la noche, mientras que Marte lo tiene rojizo pudiendo llegar a ser intenso cuando se encuentra más cerca de la Tierra. Finalmente Saturno, con menor brillo que los demás debido a su lejanía, es el más fácil de confundir con una estrella cuyo brillo es de primera magnitud. Imaginemos por un momento que el Sol se apagara de pronto, como se apaga una bombilla; la Tierra quedaría sumida en una oscuridad permanente y, si pensamos un poco, comprenderemos que la Luna se volvería invisible..., pero también los cinco planetas dejarían de ser visibles sobre el fondo inmutable estrellas que permanecerían igual pues su brillo no se lo deben al Sol.

Tenemos pues descrito el sistema solar y la forma de poder ver parte del mismo a simple vista. Pero este esquema del sistema no es tan sencillo. Cuando se empezó a mirar el cielo a través de un telescopio, hace cuatro siglos, comenzó una nueva “era” para la astronomía pues el telescopio no solo permite ver más lejos, también permite ver mejor lo que está cerca. Así, en el sistema solar empezaron a encontrarse nuevos cuerpos que no cuadraban en el sencillo esquema Sol+planetas. Surgieron nuevas categorías de cuerpos del sistema solar y la concepción de éste evolucionó sobre la marcha al son de los nuevos descubrimientos. Galileo fue el primero en mirar y, como dice el dicho, la primera en la frente. Dirigió su telescopio hacia Júpiter y encontró cuatro cuerpos que se empeñaban en girar en torno al planeta resultando pues que la Tierra no tenía la exclusividad de disfrutar un cuerpo girando a su alrededor, Júpiter tenía cuatro.

Se inaugura así una nueva categoría de cuerpo bastante común en el sistema solar, el satélite: cuerpo celeste opaco que solo brilla por la luz reflejada del Sol y gira alrededor de un planeta primario. Desde entonces se han descubierto unos cuantos. Lo que por ahora se sabe es: Mercurio y Venus no tienen; la Tierra tiene uno, la Luna; Marte tiene dos; Júpiter tiene 63 (los cuatro descubiertos por Galileo, Io, Europa, Ganímedes y Calisto, reciben el nombre de galileanos); Saturno tiene 49; Urano 27 y Neptuno 13. Algunos son simples peñones pero otros son más grandes que Mercurio,  concretamente Titán satélite de Saturno o Ganímedes, el satélite más grande del sistema solar. En cualquier caso, aunque algunos sean más grandes que algún planeta, no hay duda en cuanto a su clasificación pues el cuerpo sobre el que giran les delata.

El descubrimiento de Urano (1781) y Neptuno (1846) no supuso problema alguno en la construcción del sistema solar pues son claramente planetas gigantes gaseosos como hemos visto; pero el descubrimiento del primer día del siglo XIX (escribamos 1801 por si alguien cree que es un año menos) sí que tuvo que dar lugar a una nueva categoría de cuerpos. Ese día se descubrió un cuerpo, que pasó a llamarse Ceres, orbitando en el gran espacio libre que hay entre Marte y JúpiterVI. No es muy grande (apenas llega a los 1000 km de diámetro) aunque es el mayor de esta categoría. Lo que es indudable es que gira alrededor del Sol. Siete años después se conocían otros 3 cuerpos similares (Palas, Juno y Vesta) y hoy día se conocen miles, la gran mayoría simples peñascos o aglomeración de ellos. John Herschel les dio el nombre de asteroides pues parecen como estrellas al telescopio aunque me parece que este nombre se ha usado más durante el siglo XX. De hecho en su “Historia de los cielos” de finales del siglo XIX, texto que he tenido la suerte de que caiga en mis manos, el astrónomo R. Stawell Ball les llama siempre “planetas menores”, nombre también aceptado y más correcto pues además de girar alrededor del Sol la mayoría de ellos lo hace en órbitas que están en el mismo plano que el resto de órbitas planetariasVII.

En esto llega el año 1930 y Clyde Tombaugh descubre Plutón, un pequeño cuerpo (2300 km de diámetro, mucho más pequeño de lo que se esperaba para tener bien explicada la órbita de NeptunoVIII) que gira alrededor del Sol a una distancia media mayor que la de Neptuno. Plutón es peculiar para ser considerado dentro de la misma categoría que los otros ocho planetas por tres motivos ya expuestos a lo largo de este opúsculo: 1) es muy pequeño, más pequeño que la Luna; 2) su órbita no se encuentra en el mismo plano que la del resto de planetas, está muy inclinada respecto a la eclíptica; 3) su órbita es muy excéntrica (alejada de la circunferencia). Durante los 249 años que tarda en dar una vuelta completa al Sol, 20 está más cerca del Sol que el propio Neptuno.

Sin embargo, aun con estas “imperfecciones”, Plutón cumple como cualquier planeta con su tarea de girar alrededor del Sol.... y es redondo, circunstancia que no he mencionado hasta ahora pero que forma parte de las características que debe tener un planeta. Además en 1978 se descubrió que tiene un satélite (Caronte) que refuerza su “aspecto de planeta”, que es como ha sido considerado durante 76 años.

Pero los telescopios, ya sea en tierra o en el espacio, mejoran y los astrónomos pueden ver más y mejor. Para empezar en el año 2005 el telescopio espacial Hubble permitió descubrir dos nuevos y pequeños  satélites de Plutón (rondan el centenar de kilómetros) que se han llamado Nix e Hidra. También en el año 2005 se descubrió otro cuerpo que gira alrededor del Sol cuyo diámetro parece ser mayor que el de Plutón y que se ha llamado provisionalmente 2003-UB313, aunque de forma no oficial se le llama Sedna. No es el único pues en estos últimos años se han descubierto otros diez cuerpos situados por detrás de la órbita de Neptuno y de tamaño apreciable respecto al del propio Plutón. Y más que se descubrirán.

Ante esta situación, si se hubiera mantenido el estatus de Plutón, habría que incluir como planetas tanto al llamado por ahora Sedna como a los demás cuerpos transneptunianos de tamaño apreciable descubiertos y por descubrir. Además sin olvidar que entonces ¿qué razón hay para no considerar a Ceres, el mayor de los asteroides, como planeta si su tamaño es comparable al de estos cuerpos transneptunianos? La solución tomada por la Unión Astronómica Internacional parece que ha sido “cortar por lo sano” estableciendo unas categorías muy adaptadas al sistema solar pero que habrá que ver como caben en los sistemas planetarios de otras estrellas que se están descubriendo y estudiando.

En cualquier caso, el “nuevo sistema solar” es el siguiente: está formado por ocho planetas, Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Excepto Mercurio y Venus, cada planeta tiene sus respectivos satélites. Además hemos de considerar una serie de planetas enanos, cuerpos cuya masa les permite tener forma esférica, pero no son lo suficiente masivos como para atraer todos los cuerpos a su alrededor, forman parte de esta categoría (por ahora) Plutón, 2003-UB313, y Ceres. Puede que Caronte pase también a ser un planeta enano por su tamaño relativo respecto a PlutónIX. La categoría de asteroide se mantiene para los que hasta ahora lo han sido excepto para Ceres.

Finalmente, queda comentar algo sobre los objetos de carácter cometario descubiertos y denominados Cinturón de Kuiper o los cometas provenientes de la llamada Nube de Oort. Pero eso será en otra ocasión, por el momento un minuto de recuerdo para Plutón el dios de los infiernos caído y ánimos para Caronte, su barquero que puede ascender de categoría y ponerse a su misma altura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Bibliografía

Asimov, I. (1987). Introducción a la Ciencia. Barcelona: Orbis.

Barrio Gómez de Agüero, J y otros. (2004). Ciencias de la Naturaleza, 1º Secundaria. Madrid: Oxford University Press.

Fernández Castro, T. (1997). Historias del Universo. Madrid: Espasa Calpe S.A.

Guzmán G., A. (1995). Dioses y héroes de la mitología griega. Madrid: Alianza Editorial.

Real Academia Española. (2001). Diccionario de la Lengua Española. Madrid: Espasa.

Rincon, P., La niña que bautizó Plutón. Extraído el 24 de agosto de 2006 del sitio BBC  MUNDO.com (http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/science/default.stm) con la siguiente dirección:  http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/science/newsid_4611000/4611874.stm

Ronan, C. A. (1982). Los amantes de la astronomía. Barcelona: Blume.

Stawell Ball, R. (circa 1892). La historia de los cielos. Barcelona: Ramón Molinas Ed.

Wikipedia, la enciclopedia libre. http://es.wikipedia.org/wiki/Portada. Consultada el 4 de septiembre de 2006.

Tempesti, P., -director- (1982). Enciclopedia Sarpe de Astronomía. Madrid: SARPE

Este trabajo se finalizó el 6 de septiembre de 2006 en

Villanueva del Arzobispo, Jaén (España)

 

Felipe Moreno Romero

fresenius1@gmail.com

 

 

 

Enviada una versión resumida de este artículo a “La Moraleja” (revista trimestral informativo-cultural editada por el colectivo “La Moraleja” de Villanueva del Arzobispo, Jaén). Publicado en el nº 53  de dicha revista, correspondiente al mes de septiembre de 2006, pp. 32-33